Nos hemos emocionado, tal vez demasiado, con la inteligencia artificial. Las empresas han comenzado a bombardearnos con nuevas funciones, nuevos usos y nuevas aplicaciones, y al final nos sentimos abrumados. Las empresas deben centrarse, mirar los números y eliminar sin remordimiento aquellas funciones que no se usen.
La IA es útil, pero sin foco se convierte en pérdida de tiempo
Es imposible negar la evidencia: la IA es muy útil en infinidad de tareas laborales y cotidianas. Sin ir más lejos, he podido crear esta web casi desde cero con la ayuda de una inteligencia artificial. Nos puede ayudar a materializar aquellas ideas que antes no podíamos desarrollar por falta de conocimiento técnico o por su complejidad.
Capacidades reales vs. expectativas exageradas
La capacidad de resumir, extraer información y generar textos es genuinamente valiosa. Sin embargo, no necesitamos que nos acompañe en todo momento o que nos haga de médico o de psicólogo, algo muy arriesgado.
Es normal: siempre ha sucedido lo mismo con una nueva tecnología. Primero se duda de su potencial y, paulatinamente, se va abrazando hasta encontrar su lugar real.
El error de querer que la IA lo haga todo
El problema con la IA es que queremos que haga todo, y eso es imposible. Queremos que nos ayude en todas nuestras labores y queremos integrarla en cada aspecto de nuestra vida. Sí, hay áreas interesantes como los asistentes virtuales que se han quedado completamente obsoletos y que la IA podría revitalizar. Siri, Alexa o Google Assistant llevan años estancados, ofreciendo respuestas básicas y frustrando a los usuarios. Aquí la IA generativa tiene sentido.
Dónde la IA realmente aporta valor
Pero no necesitamos IA en nuestra nevera, en nuestro microondas o en cada aplicación que usamos. No todo tiene que ser «inteligente». Las empresas tecnológicas están cayendo en la trampa de añadir IA por añadirla, como un reclamo de marketing, sin preguntarse si realmente mejora la experiencia del usuario.
Los datos no mienten: muchas de estas funciones tienen tasas de uso inferiores al 5%. ¿Cuántas personas realmente usan el asistente de escritura por IA de su procesador de textos? ¿Cuántos utilizan las sugerencias automáticas de sus aplicaciones de correo? La respuesta suele ser: muy pocos.
La solución: menos es más
Es hora de que las empresas tomen decisiones valientes:
- Analizar los datos de uso sin miedo
- Eliminar funciones infrautilizadas que solo añaden complejidad
- Centrarse en casos de uso específicos donde la IA realmente marca la diferencia
- Dejar de perseguir la IA por la IA
El usuario no quiere más, quiere mejor
Los consumidores no pedimos más funciones de IA, pedimos funciones que realmente resuelvan problemas. Preferimos una herramienta que haga tres cosas excepcionalmente bien a una que intente hacer treinta de forma mediocre.
La inteligencia artificial no va a desaparecer, ni debe hacerlo. Pero necesitamos madurez en su implementación. Necesitamos empresas que escuchen, que midan y que no tengan miedo de decir «esto no funciona, vamos a quitarlo».
Debemos recuperar el sentido común
La IA ha llegado para quedarse, pero debemos usarla con criterio y propósito. No se trata de rechazarla, sino de integrarla donde tiene sentido. Es momento de bajar del bombo publicitario y centrarnos en lo que realmente importa: crear tecnología que mejore nuestras vidas, no que las complique.
Menos funciones, más valor. Esa debería ser la máxima de la era de la inteligencia artificial. Veremos si esta llamada a las empresas llegase a la gente con responsabilidad, para saber que queremos los usuarios.



